Trabajar de temporada en Ibiza

A las puertas del cielo

A las puertas del cielo

Caminando sin excusas se convirtió hace unos meses en el letargo de las excusas. Mi aventura acabó y con ella muchas de las esperanzas que acumulé durante 9 meses. Muchos seguían mis pasos por el mundo mientras confiaban en alguien que cogió una mochila cargada de ilusiones y se dispuso a caminar mirando de reojo hacia atrás.  Todo el arrojo que me llevó a abrir este blog y contar mis experiencias se desvaneció junto con un viaje que supuso un antes y un después en mi vida.

Cuando viajas conoces mucha gente con tu misma perspectiva. Personas que un día decidieron que no sabían lo que querían, pero tenían claro lo que ya no era para ellos. Seres con ganas de dar un vuelco a su vida. Nadie nos habló de lo duro que es volver a donde el tiempo se detuvo, donde quieres y te quieren pero no sabes por qué no te encuentras.  Miles de almas viajeras vuelven a casa mientras vuelan en sueños. Pero la realidad nos estalla en la cara y a veces no somos capaces de sobrellevarlo. El descanso del guerrero. Así fueron los siguientes 6 meses de mi vuelta a España. Un cúmulo de sin sentidos que fui incapaz de sobrellevar. Pero como dicen que hacia abajo solo para coger impulso, me sacudí el polvo una vez más y la vida me llevo a una isla que nada tiene que ver con la persona en la que me he convertido. Con la vista puesta en un objetivo me vi de repente en la isla que nunca duerme.

Todos los miedos que un día me llevaron a dejar la que había sido mi vida, se me agolparon en la garganta. Con ese nudo que te cierra el estomago cuando algo nuevo se acerca, guardé de nuevo las pocas cajas que forman parte de mi vida y cargué mi coche con un par de maletas.  Abraza la incertidumbre, porque es lo único cierto que tiene esta vida.

Y así es como me vi envuelta en esta locura que es trabajar de temporada en Ibiza. Algo que no entraba en mis planes. Bien es cierto, que perdí los planes hace tiempo en algún rincón del sudeste asiático.

Ibiza es tan distinta que no se parece al resto de España, y quizá sea eso lo que me cautivó desde el primer momento. Ibiza es, a primera vista, tetas de silicona, pieles tatuadas, biceps a base de hormonas, guiris borrachos y drogas por los rincones. Carteles con djs de renombre y fiestas en cuevas, atardeceres a golpe de billetera y vendedores ambulantes, playas abarrotadas y calas semi escondidas, aguas cristalinas y lugares que dejan sin aliento. Ibiza es de color azul y naranja como sus atardeceres repartidos por las esquinas. Es frívola y autentica, calma y locura todo al mismo tiempo. Es un pequeño pedacito de tierra en mitad del Mediterraneo, donde todo cambia constantemente y te sientes como viajando sin moverte del lugar. Es ese sitio donde siempre alguien tiene una historia que contar.

Pero la isla blanca es mucho mas que todo lo que un turista pueda encontrar, es su gente. Es trabajadores de medio año, gente acostumbrada a repartir su tiempo entre trabajo y aficiones; los que allí se han criado y ven la invasión de turistas como su medio de vida, algo inevitable y cada año más imparable; los que vinieron y se enamoraron de la isla para no irse más; los que reparten su año entre la locura frenética de la isla  y cualquier otro lugar. Es  aquellos que conocieron a los hippies de verdad, los que escapaban de Vietnam y comían ácido a las puertas de las discotecas. Y los que conocieron a los hippies de segunda generación, aquellos que traían artesanía y bailaban psy trance a la luz de la luna. De todo ello no queda mucho rastro, ni hippies auténticos, ni mercadillos de artesanía y alguna que otra fiesta alternativa perdida al margen de las macro discotecas y los beach clubs.

La isla dicen, te acoge o te expulsa. Hace una semana que la dejé y aun la echo de menos, pero aun me pregunto si es para mi.  Trabajar de camarera en un beach bar (lo que viene siendo un chiringuito de playa venido a más), es casi más duro que recorrer el mundo sola con una mochila. Es dinero rápido, pero nada fácil. Calzarse las zapatillas de correr y estar preparado para el grito tenso del compañero, la sonrisa cálida del cliente satisfecho y la indiferencia del que no ve mas allá de su plato de paella y su gin tonic bien cargado de hielo. A pesar de lo duro que es cargar bandejas a 30 grados con humedad en pleno agosto, trabajar mirando al mar es una de las mayores satisfacciones que he podido vivir en los últimos años.  Sin duda, una experiencia que volveré a repetir.

Caminando sin excusas vuelve tras un año de silencio y lo hace contando una experiencia de 5 meses resumida en unas pocas palabras. En un mes cargaré de nuevo la mochila y será la inmensa India la que me verá caminar por sus coloridos paisajes.

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