Las cosas que se aprenden en 6 meses

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Hoy es el día en el que tendría que estar cogiendo el vuelo de vuelta a Madrid. Hoy hace exactamente 6 meses que metí mi vida en unas cuantas cajas y con la mochila a las espaldas mirando atrás solo de refilón y agitando la mano con más miedo que decisión me despedía de una vida que había conocido durante 32 años. Una vida llena de gente maravillosa, estabilidad, muchos ratos buenos y otros no tan buenos. Una vida llena de comodidades y quejas, esas de las que se me llenaba la boca a ratos. Una vida llena de pasos predeterminados por una sociedad que dictaba cada uno de mis movimientos aunque me negara a admitrlo. Una vida que dejé atrás, que durante un tiempo miré con nostalgia y que ahora veo tan lejana que se difumina entre las miles de aventuras que mis ojos han tenido el placer de presenciar.

Seguramente te estarás preguntando porqué compré un billete de vuelta. La respuesta es muy sencilla: un billete de tan solo ida costaba unos 400 euros y uno de ida y vuelta unos 500 euros. “Pero si no sabías si ibas a acabar montada en ese avión ¿porqué lo compraste?” Cambiar el vuelo cuesta 150 euros más cambio de tarifa y así tenía la seguridad de que si no era capaz de sobrellevar este nuevo ritmo de vida podría adelantarlo y en caso de estar agusto estaba complétamente segura de que querría estar en navidad en casa. Hoy no lo tengo tan claro. Hoy he aprendido que todo puede cambiar en cuestión de días, horas o incluso minutos y que es imposible predecir lo que querrás a 6 meses vista.

Durante toda mi vida he planeado cada paso de daba. Sabía exáctamente en el mes de enero donde estaría pasando mis vacaciones de verano y compraba billetes de avión con meses de antelación. Hoy mi vuelo de vuelta a mi vida resuelta está perdido. Y es que hay vuelos que a veces es mejor dejar escapar. Este viaje me ha enseñado que planear no sirve de nada y que la vida te lleva por donde ella quiere la mayoría de las veces. No soy la misma que se despedía de un blanco y frio Madrid y saludaba a un caluroso y pegajoso Singapur. Ni siquiera soy la misma que después de un mes de continua lucha en la carretera escribía desesperada pensando más en volver que en caminar. Ni la chica que hace tres meses remontaba el vuelo y empezaba a encontrarse más en el ahora que en el ayer.

He aprendido tanto en menos tiempo que en todo el que pasé alienada que se me agolpan las enseñanazas en las yemas de los dedos. Durante los primeros 3 meses me dediqué a moverme y experimentar la vida del mochilero que va descubriendo lugares. Me di cuenta que eso no es lo que estaba buscando. Que soy la peor viajera que te puedes encontrar en un hostel lleno de gente con ganas de beber y salir. Que soy timida y me cuesta hacer amigos por lo que muchas veces me escondía detrás del teclado de mi tablet. Me dí cuenta de que no sabía quien era, que casi mi vida entera la había pasado viendome reflejada en los ojos de los demás. Cuando miré al mundo de frente sin nadie a quien preguntarle por mi identidad, me sentí perdida y terriblemente sola. Si seguiste mis pasos en este camino que decidí emprender sin excusas sabrás ya la cantidad de veces que lloré y me repetí a mi misma que no lo lograría. Que había desperdiciado mis días alimentando mi energía con baterias que los demás me ofrecian y me olvidé de encender mi propia luz.

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Me he dado cuenta de que puedes encontrar un hogar a miles de kilómetros de tu casa. Que ya no concibo vivir sola y aislandome del mundo, escondida en mi caparazón. Que me encanta vivir en comunidad donde los días buenos se intensifican y los malos se hacen menos duros. He aprendido que el destino te lleva por donde tienes que ir aunque tu te empeñes en seguir otro camino. Un camino que puede que sea largo pero al final siempre está aquello que el universo guardaba para ti en un rincón de tu corazón. Que tener fe y no preocuparse es dificil pero a veces hay que cerrar los ojos y dejarse llevar. Que ser feliz no es tan dificil y que se puede fluir con el ritmo del viento.

He aprendido yoga, mucho yoga. Y técnicas de meditación que eran desconocidas para mi. He descubierto como vivir en el aquí y en el ahora, aceptando y perdonando mi pasado y no esperando ni preocupándome por el futuro. Hoy conozco el sentido del mindfulness y aunque el camino hacia la integración en el día a día es largo poco a poco va haciendo mella en mis pensamientos. He aprendido a ser agradecida y a dejar ir aquello que no me beneficia.

He vuelto a vivir una vida que se había perdido entre luces y sombras, entre pensamientos negativos que nublaban los rayos de luz que de vez en cuando asomaban por las rendijas de una persiana que andaba entreabierta. Hoy concibo la palabra felicidad de una manera distinta. Una felicidad que no se encuentra en las pocas posesiones que dejé guardadas en un trastero bajo llave ni en los miles de objetos que la sociedad me hacia ver indispensables. He aprendido a vivir sin coche, sin televisión, sin sofá y sin lavadora y que compartir es siempre más gratificante que poseer. He aprendido a ser feliz con los abrazos de esos que hace dos semanas eran desconocidos y que hoy son familia. Que una flor a los pies de tu puerta al despertar puede alegrarte el día y que hay más bondad en la gente de lo que nos hacen creer. Que no nos enseñan los valores de desarrollar inteligencia emocional y vivimos continuamente frustrados esperando alcanzar esa felicidad algún día y así se nos escapa la vida a chorros sin darnos cuenta. No aprendemos a saborear lo que hacemos y nos enseñan a ensoñar nuestro siguiente paso. Y así es como desconocemos el concepto de flujo. Un concepto que Mihalyi Csikszentmihalyi describió en su libro FLUIR (Flow):Una psicología de la felicidad y que intento aun descubrir como alcanzar. Pero se que mis pasos cada vez se dirigen más ese estado.

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Hoy no espero nada de los próximos 6 meses y vivo cada segundo como si fuera el último dejandome sorprender por la orquesta de sinfonías que la vida tiene preparada para mi.

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